
por Gloriann Sacha Antonetty Lebrón en colaboración con Julio Alvarado Aguilera
El encuentro con la gente y las familias del Barrio La Cuarta estaba programado para las diez de la mañana en el Centro Comunal de La Cuarta, un domingo del mes de noviembre. Es raro que en el sur de Borikén llueva, pero esa mañana el sur amaneció nublado y lluvioso. Nuestra idea era llegar a La Cuarta Bakery, desayunar y comenzar los trabajos de archivo, organizándonos en la panadería, que ya de por sí es uno de los espacios de encuentro más icónicos de las personas de La Cuarta, para luego llegar hasta el Centro Comunal.
El Barrio La Cuarta queda en la colindancia y entre los límites de Juana Díaz y Ponce. En nuestro camino de 17 minutos desde Juana Díaz a Ponce curioseamos con la poca información que tenemos sobre Juana Díaz, la mujer por la que lleva el nombre ese pueblo. El recorrido estaba cargado de una lluvia suave pero consistente. La nubladera nos invitaba a fluir y a entender que, fuera cual fuera el resultado, el día prometía con las historias y fotografías que estábamos próximas a ver, compartir y a organizar.
Llegamos a la panadería y Julio comenzó a hacer llamadas de seguimiento a la convocatoria. Anticipamos que se tardarían en llegar y que algunos, por ser mayores, no vendrían por la lluvia que no daba tregua. Cambiamos de planes. Allí en La Cuarta Bakery establecimos nuestro centro de mando y archivo general. Nunca llegamos al Centro Comunal, pero fluir y reconocer los ritmos es parte esencial del trabajo comunitario. De nuestro equipo, Kiana, Gino, su sobrina Sofi y yo pedimos desayuno en lo que esperábamos a les cuarteños. Y allí en las mesas debajo de afiches de eventos y cobijados por las fotos de las glorias del deporte —Roberto Clemente e Iván “Palito” Mangual— comenzamos a prepararnos. Kiana y yo llegamos con nuestra caja de plástico de 27 galones, con el escáner de fotos, las grabadoras de audio y plantillas para ir identificando las fotos. No puedo precisar en qué momento, pero a eso de las once de la mañana escuchamos un estruendo y sentimos el bajón de electricidad. Había explotado un transformador en el barrio. Entre llamadas, la lluvia y en lo que encendían el generador, Gino le hizo preguntas a Julio sobre su barrio. Me sumé a la entrevista. Julio nos contó que La Cuarta es una comunidad con un gran sentido de identidad y que la música ha tenido una gran prominencia. Mostrando una de las tantas fotos de la canasta de mimbre que trajo de su casa, Julio nos habla de La Cuarta Percussion, agrupación de cuarteños que, como nos explicó él: “Tocaban salsa, plena, esa jodedera ochentosa. Eran personajes míticos y de ahí es que sale el Grupo Esencia y el festival”.
Cada cierto tiempo se abre la puerta de la panadería y con ella el sonido del timbre. Entre saludos, llamadas telefónicas y el sonido del ding dong Julio continúa explicándonos las situaciones del barrio: el abandono de los gobiernos por estar en la colindancia y ser mayoritariamente negros y afrodescendientes; y de la merma de familias por migración y la criminalidad. A Julio, en varias ocasiones, se le corta la voz explicándonos las dinámicas del barrio. Lo entendemos, pues hemos vivido décadas experimentando cómo criminalizan a nuestras comunidades para procurar un exterminio de nuestra gente y sus familias. Julio nos habló de la sobrepoblación de La Cuarta y a la vez de la falta de empleo. “Nadie respondía”, mencionó Julio. “Por mucho tiempo bromeamos que vivíamos en una República”. Ante este panorama de abandono y represión nace el Festival Afrocaribeño de La Cuarta. “De ahí es que surge la idea de hacer una actividad para darle sentido a la comunidad. Lo que queríamos celebrar es eso, el ser afrocaribeños. Esa es nuestra punta de lanza”, añadió Julio.
En el transcurso del día tuvimos la oportunidad de ver las fotografías, conversar y entrevistar a leyendas y representantes de las familias más reconocidas y activas de la comunidad: Juan Pachot, Ángel “Papote” Alvarado, los hermanos Ángel “Nelito” y Julio “Cenco” Alvarado, su sobrina Hilda “Gwimba” Alvarado, Sonia Rodríguez, los hermanos Ricardo Erans y Axel Ricardo Santiago, Jean Bacó Ortiz y Enrique “Quiquito” Collazo.
Julio continuó el resto del día liderando este proceso. Saluda, recibe, contesta llamadas; es curador-anfitrión de La Cuarta. Nos relata cuán importantes han sido la música, el deporte, la educación y los lideratos comunitarios. Hace énfasis en dos líderes: Don Quique Collazo, también conocido como Míster Collazo, y Juan “Juanito” Pachot Santiago. “Este ha sido un barrio de peloteros”, afirma Julio. Además de peloteros, han salido del Barrio La Cuarta deportistas de otras disciplinas, como el atletismo y el baloncesto. Julio nos cuenta que uno de los sucesos históricos fue contar con dos representantes del mismo barrio en la Serie del Caribe en 1971, en Nicaragua, dirigidos por Roberto Clemente.

Cerca del mediodía comenzó el movimiento de personas. Una de las primeras personas en llegar fue Juan Pachot Santiago. Llegó como todo buen pelotero con una gorra negra y roja de béisbol, una camiseta del Festival Afrocaribeño y una sortija grande de plata en el dedo anular de su mano izquierda. Me contó que había ganado 30 campeonatos de béisbol y sóftbol en su carrera como pelotero. De esos 30, logró 13 campeonatos consecutivos con el equipo de sóftbol superior de los Leones de Ponce. Pachot me habló de Clemente, de su don de gente. Me hizo anécdotas de él y cómo le enseñaba de manera práctica a sus jugadores a ponerse el uniforme completo en pocos minutos. Esta historia le provocó sonrisas de remembranza y es que cuando Clemente les enseñó esa destreza, lo hizo con una demostración quedando desnudo frente a todo el equipo. Me contó de todos los viajes y países que visitó en su carrera como pelotero y de las figuras que conoció en el camino. Anda en la búsqueda de una foto del día que conoció a Fidel Castro en Cuba. Esperamos que encuentre esa foto para ampliar esta colección. Uno de sus más bellos recuerdos que me narró fue cuando montaba en su carro convertible a todos los muchachos del barrio para llevarlos a los juegos. En un momento pausó y pensativo me dijo: “Yo le debo a mi barrio”. Al fondo suena el teléfono y el timbre de la puerta. Lo de él era jugar y ganar. Para concluir me enseña la sortija de uno de los campeonatos de sóftbol de las tigresas de la Universidad Interamericana en 2014. Con sus 80 años, me afirma que le agradece a su esposa y a sus hijos quienes continúan su legado. Estaba frente a uno de los grandes líderes de La Cuarta y en su sensibilidad pude entender cómo este archipiélago une las familias, nuestros talentos y la negrura.

Mientras terminaba mi conversación con Pachot y me preparaba para hablar con Sonia, el sol se fue asomando, pero la llovizna no cesaba. Al parecer, como dicen -se estaba casando una o unas cuantas brujas. La energía femenina se hizo sentir.
En las conversaciones con Sonia Rodríguez, los hermanos Alvarado y Jean Bacó Ortiz había un denominador común: las matriarcas de la familia. En el caso de Sonia, su mamá Isolina Piget siempre alimentó a muchos y ahora, Sonia y su familia siguen el legado especialmente con un desayuno en diciembre para toda la comunidad. Jean Bacó afirmó lo propio de su abuela Georgina “Gina”, quien se dedicó a criar a todos sus hijos y sus sobrinos. De abuela Gina hablamos con su nieto, quien llegó aquella tarde a la Cuarta Bakery con un regalo de innovación para su comunidad. Jean es artista plástica y sobre todo, cuarteño. Ese mismo día había restaurado con inteligencia artificial una de las fotografías familiares. La foto era de 1957 donde posan sus abuelos en la celebración del primer cumpleaños de una de sus tías, Yolanda Ortiz Alvarado. “La hice con él (la reconstrucción de la foto) y él estaba super alegre. Me decía que era idéntica”. La foto original estaba un poco deteriorada. En la foto en la que aparecen Juan Ortiz Guilbe, su esposa Georgina Alvarado y sus hijas Myrna y Yolanda Ortiz hay una ternura y una felicidad que cogió vida con la colorización realizada por Bacó.

Los talentos y aportaciones de la gente de La Cuarta son multidimensionales. Además de los deportes y la música, las artes plásticas han sido centrales en sus prácticas de documentación como prueba de existencia. En la década de los noventa se hicieron murales como espacios de afirmación y pertenencia. Uno de los artistas que sigue representando y apoyando los procesos comunitarios desde el arte y el muralismo es Jean Bacó.


Volviendo a las abuelas… En el caso de los mayores, los hermanos Julio “Cenco” y Ángel “Nelito” Alvarado García reconocen que la crianza con su papá, Don Yuyo, fue de mucha dirección pero Doña Manuela fue una de las que nutrió desde sus casas no solo con alimento, sino también con espacios de recreación que dio continuidad a los deportes y a la concepción del Festival. Podemos decir que Doña Manuela fue artífice.
En la conversación con los hermanos Alvarado García y su sobrina Hilda Rodríguez Alvarado hablamos de cómo llegó su familia a La Cuarta de Tierra, proveniente del Barrio Shangai, que en su mayoría estaba habitado por personas y familias obreras de la Hacienda La Fortuna. Me contaron cómo muchas de las familias se mudaron a La Cuarta al momento en que les otorgaron las parcelas. “Muchos de nosotros nacimos en La Cuarta, pero nuestros antepasados vinieron de otras comunidades como Shangai y el Chucho”, me comentó más temprano Julio Alvarado Aguilera. Cenco inmediatamente rememoró la casa de su familia mientras Don Ángel me explicaba que la casa de su padre, Don Yuyo Alvarado quedaba en la entrada a la Hacienda La Fortuna, en la carretera número uno, lo que la hacía un punto obligatorio de parada. “Nuestra casa era el oasis de todo el mundo allí. Todo el mundo pasaba a buscar las cartas y era el lugar de cobro de los trabajadores de la caña. Guardaban las bicicletas en el patio de la casa de nosotros”, mencionó Don Ángel. Me contaron que su mamá, Doña Manuela, desde la ventana le daba agua y domplines a los obreros. Cenco recuerda con un brillo en su mirada la puerta y los mangó-piña que se daban en la casa. Los hermanos narraron que cuando se mudaron a La Cuarta tuvieron que braviar pero que como era la misma región y todos estudiaban juntos su mudanza se dio bien. “Siempre uno se queda con una nostalgia. Realmente todavía yo paso por ahí y tiro la vista para donde estaba la casa”, añadió Cenco. Con todo lo que ocurre en La Cuarta y sus múltiples dimensiones de hacer comunidad me quedaba la interrogante de cómo se sentían los mayores sobre la gesta de sus hijos y sobrinos. Cenco rápidamente me contestó: “Yo sinceramente, de mis sobrinos y de Hilda, hay que sentirse orgullosos. Lo que nosotros estamos dando es lo que nos dieron nuestros viejos… Yo soy lo que soy por Don Yuyo y Doña Manuela. Eran bien estrictos, pero gracias a ellos estamos aquí presentes y estamos super orgullosos”. En el caso de Don Ángel, su respuesta fue: “Yo estoy en la misma línea de pensamiento que el brother aquí… Yo me siento más que orgulloso. La gente me dice: ¡Qué suerte tú tienes! Y yo digo que no es suerte, que es una fotocopia de lo que hizo el viejo mío conmigo y lo mismo que yo apliqué para criar a los míos”. Todos los primos Alvarado se criaron juntos. Al orgullo de los mayores se le sumó su sobrina Hilda, que añadió: “Abuela era una mujer grande, sus manos grandes, derecha. No había cómo escapar de la chancleta. Esa era la misma disciplina que tenía con nosotros”. El tema de la chancleta provocó más anécdotas y risas. Inmediatamente Don Ángel recordó y nos narró un momento trascendental: “Mira lo que ella hacía con los nietos. En la casa teníamos una parcela bastante grande y cuando llegaba el verano como todos nosotros trabajamos, para que no se fueran para la calle mami compró un canasto y lo puso en el patio. Se llenaba la casa de los muchachos y les preparaba Kool Aid y el Tang”.

Reflexiono sobre esta memoria y voy entendiendo el resultado de algunas fotos y sucesos que fuimos recopilando en las conversaciones. Es válido que, con lo que ocurría los veranos en la casa de Doña Manuela con los primos Alvarado y los jóvenes del barrio, era natural que los muchachos ganaran campeonatos de la Liga Carnaval de Baloncesto Barrio Ollas de Santa Isabel en 1991. Aquel canasto dio herramientas que se sumaron a las enseñanzas y al liderato deportivo y comunitario de Míster Collazo y Juanito Pachot. Y más en los noventa, cuando la comunidad atravesó, como todas las demás comunidades negras, los abandonos de los gobiernos a la par con una criminalización de las comunidades empobrecidas y racializadas. Los deportes y la música, así como la creación del Festival, fueron los salvavidas de la comunidad.
En mi espacio con Enrique “Quiquito” Collazo, en un tono sereno, me comentó precisamente sobre este fenómeno de criminalización. “Llegó un mal tiempo… una tempestad. El barrio se queda en un estado pasivo. Ahí es que Papote tiene esa idea de hacer un festival. Queríamos tener algo que nos diera ese brillo que habíamos perdido”.
Sobre ese brillo del que habla Quiquito dialogué con Ángel “Papote” Alvarado. Nos contó que primero vino el deporte, luego fundó el Grupo Esencia y después el Festival Afrocaribeño del Barrio La Cuarta en Ponce, que ya lleva 26 ediciones. Reconoce que la criminalización y las muertes que experimentaron en su comunidad lo llevaron a seguir ese llamado, que fue uno espiritual. “Yo creo mucho en Dios y hay veces que sabemos que nada pasa por casualidad y yo entiendo que ese momento para mí fue divino, fue como misión política, porque cuando eso llega de esa manera con lo que estaba pasando aquí en ese momento, pues ya el grupo llevaba dos años, pero nosotros empezamos a decir y a jugar con la idea de hacer un festival. Cuando me vino a la mente hacerlo, pues sí queríamos hacerlo cultural, pero no sabía cómo hacerlo. Estábamos todos chamaquitos, yo tenía veintipico de años y entonces desde ahí fuimos buscando en el camino”. Mientras conversamos en la panadería, se sostienen como tres conversaciones a la vez, hay risas y nos interrumpe un joven que le pide la bendición a Papote, él se la ofrenda y quedan en discutir luego un tema sobre la música. “Nos fuimos uniendo en grupo y en comité, y todo el mundo fue aportando ideas”. Papote me contaba de sus experiencias con convicción y sentimiento. Nombró lo significativo que había sido para él haber hecho un disco con Tite Curet. “...son cosas que van más allá… Que son trascendentales y te marcan. Y yo tenía ese viejo al lado mío, ahí en un carro. Y me iba para allá y lo llamaba y lo buscaba. Yo parecía un nene chiquito. ¿Entiendes? Cuando tú miras eso, pues, esas son las cosas que tú miras para atrás y dices: ¿Quién me quita eso? Eso no me lo quita nadie. Cuando tú eres de verdad y cuando tú las vives de verdad, pues te marcan, te hacen ver las cosas desde otra perspectiva también”. Me explicó que lo que han hecho como grupo es lo que quisieran ver en todo Puerto Rico. “Yo defiendo lo que me ha costado alma, vida y corazón. Mantenerlo ahí. Y cuando digo eso lo digo a través de un grupo, no de Papote solamente. Pero sé que, que bueno que me ha tocado esta. Aquí hemos dejado alma, vida y corazón. No todo el mundo está pa’l fuego”, añadió reconociendo los retos que han tenido por los pasados 26 años. Retomando el tema de las matriarcas, le pregunté sobre Doña Manuelita, su abuela. Lo primero que me dijo fue: “La abuela de nosotros es sagrada. Cuando empezamos el primer festival, ella sacó cinco dólares de la cartera y cuando le pregunté para qué era ese dinero me contestó: “Para que te ayude con el festival”. Concluimos la conversación con la afirmación de Papote de que las abuelas son el motor y el corazón de todo, la gasolina. “Son una fuerza… demasiado. Ellas son las que sostienen todo”.
Por la tarima y el acontecimiento del Festival Afrocaribeño de La Cuarta han pasado grandes exponentes de nuestras músicas negras: Tite Curet, Tego Calderón, Félix Alduen, Los Pleneros del Severo, Giovanni Hidalgo y su padre, José Manuel Hidalgo “Mañengue”, entre otros. En una de las conversaciones de la tarde tuve la oportunidad de entrevistar a los hermanos Santiago: Ricardo Erans Santiago y Axel Ricardo Santiago Campos. A quienes en el barrio apodan Cayito el Blanco y Cayito el Prieto. Ambos colaboran activamente con las actividades de la comunidad, son empresarios y coinciden en que ser de La Cuarta es lo máximo. “Más que un barrio, es un barrio histórico”, comentó Cayito el Prieto. “Yo admiro realmente al Comité Afrocaribeño y a sus fundadores. Realmente el barrio no tenía una fama muy agradable. Y estos muchachos, Julito, Papote y todos ellos se propusieron cambiar ese estigma que tenía el barrio La Cuarta. Ellos se encaminaron a cambiar eso. A llegar al corazón de La Cuarta, al corazón bueno, de la gente de La Cuarta”, puntualizó Cayito el Blanco.
Sin duda, las y los cuarteños son un aliciente para el corazón, desde tantas esquinas que se nutren de generación en generación contra todo pronóstico e intentos de opresión. Cada momento de encuentro es motor y aquella noche en la que no cesaba la lluvia nos fuimos de La Cuarta con el corazón y el alma llena. Llena de historias, memorias e imágenes que confirman que lo que hay en La Cuarta es y será siempre su negrura, su brillo.
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